¿Os
acordais de “Verano Azul”? ¿Si? Pues
esa no es la película –o serie de hoy-, pero recordemos la escena más icónica,
tras la de la muerte de Chanquete… Eso es, las puñeteras bicis. Aún treinta
años después de la serie de las narices, aún te puedes encontrar al típico cuñao de ventas silbando la sintonía
mientras un grupo de ciclistas pasa al lado. Es eso o: ¡!!Vamos Indurain!!! . ¡Ay!,
la dura elección del cuñao. Como
dicen en “Indiana Jones y la última
cruzada”: Elige sabiamente.
Pero
me estoy saliendo del tiesto. Volvamos a las bicis. Imaginaos ahora que en vez
del grupo de chavales, nos quedamos solo con Bea y Desi. Y en vez de estar en
la turística Nerja, se marchan a pedalear por Sierra Morena. Algo parecido
ocurre en la cinta que os traigo hoy: “Y
de repente, la oscuridad” de Robert Fuest.
La
película nos presenta a Cathy y Jane, dos enfermeras inglesas que deciden pasar
el Verano yéndose en bici por toda la landa francesa. Todo parece bien: Hace
buen tiempo, no hay mucho tráfico, las cosas están baratas… Pero por una
tontería discuten, y se separarán. Al rato, Jane se arrepiente y vuelve a hacer
las paces… Pero Cathy no aparece. Todo apunta a que alguien la ha secuestrado.
¿Puede haber sido ese motorista que parecía que las seguía por cada pueblo que
pasaban?
Lo
primero que os quiero decir obre esta cinta es que es hija de su tiempo. Como
otras películas de principios de los setenta, ya sean británicas - “El hombre de mimbre”, “Perros de paja”-
o de otra nacionalidad – “La matanza de
Texas”, “El quimérico inquilino” o
“¿Quién puede matar a un niño?”-, son
películas que se toman su tiempo. Estas cintas usan su primera hora de metraje
para ponernos en marco, presentarnos el motor de la trama – ya sea el detective
investigando una muerte en “El hombre de
mimbre”, o la visita de un grupo de chavales a la casa del abuelo de uno de
ellos en “La matanza de Texas”-, intentar que empaticemos con los
personajes, y sobretodo poniéndonos en la boca del estómago la sensación de que
algo raro ocurre. Un poco como hace Ti West en sus películas. Y os digo lo
mismo que si hablásemos del director de Delaware: no es que sea tedioso, a esto
se le llama saber crear una atmósfera. Y si os gustan las cintas que he
nombrado antes, darle una oportunidad a West, no os defraudará.
En
la silla de dirección tenemos a un tipo más que interesante: Robert Fuest. El
británico, cuya “De repente, la
oscuridad” es su segunda película, es un realizador que se mueve como pez
en el agua y con pies de plomo dentro del género. En su haber se encuentran
cintas tan interesantes como “El
abominable Dr. Phibes” y su secuela “El
retorno del Doctor Phibes” o “La
lluvia del diablo”, donde vemos que Fuest no le hace ningún asco al
primigenio –y a día de hoy aséptico- gore. Aunque en la cinta de hoy no tenemos
nada de casquería, todo es psicológico más que físico.
Como
las protagonistas tenemos otros dos nombres formados en el género: Como Cathy,
la chica que se pierde, tenemos a Michele Dotrice. A esta actriz podemos
seguirle la pista tanto en cintas de terror de la Hammer – “Las brujas”- como fuera de dicha productora – “La garra de Satán”-. Y como Jane, la que tiene dos dedos de frente
de las dos, y la que lleva el peso de la cinta, tenemos a Pamela Franklin. Esta
actriz también tiene un curriculum
más que envidiable dentro del cine de sobresaltos de los sesenta –era la niña
de “Suspense” de Jack Clayton, junto
a Deborah Kerr- y setenta – “Escuela satánica para señoritas” o “La leyenda de la mansión del infierno”-,
aparte de muchísima televisión.
En
definitiva, una cinta más que interesante. Podríamos hasta considerarla como la
abuela de esas cintas que nos muestran –siempre desde una perspectiva
etnocentrista- los peligros que hay más allá del propio país, como la saga “Hostel” o “Turistas”. Con una atmosfera por las que muchos directores de
género de hoy día darían su ojo derecho. Y con una segunda mitad del fin con un
juego del gato y el ratón digno de elogio. ¡No os la perdáis!


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