El Mundo Perdido de Ochi
Seis años. Seis. Se dice pronto, pero es la cantidad de
tiempo que llevaba sin pasear mi pluma (digital, se entiende) por esta web, uno
de los fósiles del internet perdido más destacables. Una página de otra época, de
cuando ver documentales de escualos mientras bebías un Dr Pepper no estaba
considerado un sacrilegio. A su vez, también llevaba seis años sin intervenir
en ella la anterior vez que lo hice, es decir, para “McFly no era un gallina”
ahora soy su Pennywise particular, solo que, en lugar de aparecer cada
27 años, lo hago cada seis, y en lugar de para devorar niños, lo hago para generar
el contenido que merece el portal que gestiona con mano de hierro el divulgador
cinematográfico y futuro documentalista Alberto F. Peláez a.k.a. Misingno.
¿Qué por qué he elegido La Leyenda de Ochi
para esta incursión? Buena pregunta, no lo sé, pero el caso es que aquí
estamos.
A24 se ha puesto medio tiernecito, como la mantequilla de cacahuete cuando la dejas fuera del freezer, y ha facturado una película de marcado carácter infantil, aunque sin renegar de una serie de elementos clave para poder siempre identificar sin problema su firma. Ese look expresionista, ese carácter cool modernito, ese realismo psicológico sólo para poder parecer más pedante y menos vulgar… Todo está ahí y a la vez no, ya que The Legend of Ochi se presenta tal vez mucho más barroca e imposible que el resto de sus “hermanas de distribuidora”.
Crea su propio imaginario en el que destacan Carpathia, ficticio
lugar donde se desarrolla la trama y las criaturas de la raza del ser
protagonista, una suerte de resultado de una noche de pasión entre un Gizmo y
Grogu (sí, Baby Yoda, sí) que, dicho sea de paso, a ratos se torna super
cute y a otros dan ganas de mandarle fuera de Carpathia de un chut. Pero
tratándose de cine infantil de ínfulas épicas, no podía olvidar sus orígenes en
los ochenta, rindiendo tributo a varios títulos de la época, siendo las
reminiscencias más claras a E.T.
En algún momento, más allá de la mitad de la película,
parece perder el rumbo y estancarse en subtramas que no parecen hacer avanzar
el eje central o llevar a nada en concreto, pero el final de nuevo remonta y termina
respetando el género.
En resumidas cuentas, una fábula folk de agradable visionado
donde lo artesanal de su propuesta se da la mano con la marcada impronta de su
calidad visual.
Pd: Adoro la secuencia del supermercado.
Nos vemos en 2032, McFlys.













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