Una casi olvidada pero muy actual película de "posesiones".
Comprender el boom que hubo en el cine de género durante los años cincuenta, sesenta y setenta, sería una tarea imposible sin fijar la mirada en el director estadounidense Robert Wise, quien, además de atreverse con todos los géneros habidos y por haber - suyos son títulos tan representativos como Ultimátum a la Tierra, West Side Story, Sonrisas y lágrimas o Star Trek: la película - cultivó una dilatada carrera dentro del terror de estudio. No en vano, su estreno en el largometraje fue con la codirección de la secuela La venganza de la mujer pantera, continuando con la adaptación de El ladrón de cuerpos con la dupla Karloff - Lugosi y así ir sumando títulos (The Haunting) y más títulos (La amenaza de Andrómeda) clave hasta llegar la que supuso su último acercamiento al terror como es esta Las dos vidas de Audrey Rose.
Una joven llamada Ivy tiene una serie de pesadillas donde muere en un accidente de tráfico junto a una mujer, pero la chica que ve en el reflejo no es ella, sino otra joven. Este hecho desata las sospechas de un viudo quien años atrás perdió a su familia en un (sí) accidente coche, creyendo que el alma de su hija, Audrey Rose, entró en el cuerpo de Ivy en el momento de su muerte.
Aunque en un primer momento, y seguramente sea así, parece que estemos ante una repetición de la jugada/explotación de El exorcista por parte de United Artist - a fin de cuentas, la rentabilidad de estas explotaciones estaban al alza, ya que La profecía fue un revienta taquillas bien valorado por la crítica tan solo unos años antes - los cuales compraron los derechos de la novela homónima de Frank De Felitta, quien además de escribir el guion es uno de los productores, poniendo a un director de prestigio, Wise, al frente de la dirección manejando un presupuesto muy ajustado de unos cuatro millones de dólares de la época.
La verdad sea dicha, a los de United Artist el intentar emular a Warner les salió regular; el público no entró en una propuesta de terror que se alejaba de lo que se llevaba ahora, uno más directo, en pro de la construcción de un terror atmosférico que parecía de muchos años atrás (y que muchos estaban en aquella época con la vista fijada en La Guerra de las Galaxias) y la crítica, pese a que gustó en general, al igual que el público la acogieron con tibieza en la que destacaban esa lentitud para la creación de atmósfera, y que curiosamente hace unos años era lo que se llevaba. Si es que al final todo vuelve.
Es cierto que la película avanza lentamente, centrando el foco en la parte científica
que también tenía la película de Friedkin y que años más tardes veríamos en El ente, pasando a explosiones de terror directas como son las pesadillas, realmente visiones, de Ivy, algo que hace cundir el temor entre sus padres, quienes no entienden lo que está ocurriendo en un primer momento, mermando su relación, para luego entrar dentro de un conflicto durante la aparición del padre de Aubrey. Ese momento, en medio de una de esas visiones donde el hombre, sin mostrar dudas, calma a la muchacha como si fuese su padre, marcando el punto culminante de ese cambio con esa pérdida de la esencia de Ivy y el paso a una Aubrey que va tomando el control, trasmutada en forma de las quemaduras que sufrió en el accidente, hasta tener que alejarla del Sr. Rose y finalmente un juicio, marcando con esto el devenir de los acontecimientos. Y es que lo mejor que hace la película es conseguir contagiarnos esa ambigüedad al mostrarnos la reencarnación como algo que puede - las escenas de las quemaduras - y no puede ser - los números no cuadran -, haciéndonos sentir ese mismo miedo a lo desconocido que tienen los padres de Ivy, viendo al Sr. Rose como una amenaza hacia el desconocido que, más que ayudar, intenta alejarles de su hija. Una temática muy actual, ¿no creéis?
que también tenía la película de Friedkin y que años más tardes veríamos en El ente, pasando a explosiones de terror directas como son las pesadillas, realmente visiones, de Ivy, algo que hace cundir el temor entre sus padres, quienes no entienden lo que está ocurriendo en un primer momento, mermando su relación, para luego entrar dentro de un conflicto durante la aparición del padre de Aubrey. Ese momento, en medio de una de esas visiones donde el hombre, sin mostrar dudas, calma a la muchacha como si fuese su padre, marcando el punto culminante de ese cambio con esa pérdida de la esencia de Ivy y el paso a una Aubrey que va tomando el control, trasmutada en forma de las quemaduras que sufrió en el accidente, hasta tener que alejarla del Sr. Rose y finalmente un juicio, marcando con esto el devenir de los acontecimientos. Y es que lo mejor que hace la película es conseguir contagiarnos esa ambigüedad al mostrarnos la reencarnación como algo que puede - las escenas de las quemaduras - y no puede ser - los números no cuadran -, haciéndonos sentir ese mismo miedo a lo desconocido que tienen los padres de Ivy, viendo al Sr. Rose como una amenaza hacia el desconocido que, más que ayudar, intenta alejarles de su hija. Una temática muy actual, ¿no creéis?
Destacan en el reparto, como la padres de Ivy encontramos a Marsha Mason, quien ese mismo año protagonizó (con nominación al Oscar) ese películón llamado La chica del Adiós, y un John Beck recién salido de rodar con Peckinpah. Anthony Hopkins, bueno, digamos que aquí está muy comedido para el nervio que demostraría unos años después. Decir de Wise, que el buen hombre debía creer mucho en el proyecto, ya que se implicó tanto con el casting hasta el punto de, tal y como hiciesen Friedkin y Donner en sus filmes, remover cielo y tierra hasta dar con Susan Swift quien interpretaría el doble papel de Ivy/Aubrey Rose, marcando así el inicio de su breve carrera de la que destacan esta misma película y aparecer junto a Paul Rudd en Halloween: La maldición de Michael Myers.
En resumidas cuentas, una película de terror atmosférica de la cual no esperéis muchos sobresaltos y sí un terror que va dentro de los propios personajes. Sin duda una propuesta diferente, pero sé que muchos sabréis valorar como se merece.

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