Freaks (1932) de Tod Browning

Monstruos como nosotros.

Dos apuntes rápidos: Cuando vi por primera vez esta película - en la dos casi de madrugada cuando contaba con seis año s-, creí que la pareja protagonista, Daisy (Frieda) y Harry Earles (Hans), hermanos en la vida real, eran niños pequeños...y que Tod Browning era también el inventor del brownie.  Aclarados esos puntos, sigo.

La cinta nos narra las vivencias de una compañía circense, pero centrándose en sus principales estrellas: Los Freaks (o fenómenos). En ella se muestra que su vida, por difícil que pueda imaginarse (en la época que se realizó el film, claro) no es tan diferente a la que podamos tener nosotros mismos.

Hablar de Freaks es hablar de una de las películas malditas del cine de principios de siglo. La visión que tenía Browning, quien venía de marcarse un tanto con el Drácula de Lugosi, de adaptar el libro de Tod Robbins, Espuelas, acabó convirtiéndose en su proyecto más personal hasta la fecha, viéndose relegada a una producción de serie B (catalogada como tal) de la MGM, quienes no daban ni un duro por la producción y la calificaron como película de ¿¡terror!? Bravo.

Entre los actores encontramos a Wallace Ford, quien trabajase a las órdenes de John Ford en El delator, como el mal bicho de Cleopatra a Olga Baclanova, una actriz encasillada en papeles de femme fatal - pero que era quien mejor se llevaba con los "fenómenos" - , y que ya aparecía en otro film icónico como El hombre que ríe. Por último citar al antagonista, Hércules, encontramos a Henry Victor, un actor de larga carrera en la que destacan títulos como, por ejemplo, La momia o Ser o no ser.

Pero sin duda los auténticos protagonistas son los artistas a quienes Browning rinde homenaje. La mayoría de ellos procedentes del circo realizaban su primer y único papel ante la cámara, interpretándose a ellos mismos en la película y dando lugar a momentos para su propio lucimiento, siendo estos los puntos más álgidos: Browning únicamente dejaba la cámara grabando en plano fijo mientras ellos realizaban su número para asombro del espectador.

Como curiosidad decir que Browning cambió el final durante la última reescritura del guión, aunque otras fuentes aseguran que estas escenas fueron rodadas, pero dada su brutalidad se decidió eliminarlas del montaje final. En el original se veía que la mujer era aplastada por uno de los carromatos y Hércules era castrado por Hans y compañía, saliendo él al final cantando (como un castrati) al lado del corral donde se encuentra encerrada la ahora deforme Cleopatra.

Una película que has de ver, lo mires por donde lo mires. Browning echó el resto y acertó de pleno en la manera de tratar un material tan peliagudo. Lástima que junto a la MGM, el público y la crítica de la época rechazase de manera generalizada la película al considerarla poco adecuada la visión que se daba de esos "fenómenos". Para suerte nuestra, el tiempo hizo que ganase la razón, y hoy es de esa clase de películas que de verdad se pueden considerar un clásico del cine.

El Manosanta está cargado (1987) de Hugo Sofovich


Está cargado...de amor.


Alberto (¡tocayo!) Cappeletti es un pobre ingenuo que trabaja instalando cajas fuertes para la empresa "cerrajerías Álvarez" , pero dada su constante falta de tino es despedido tras empotrar una caja fuerte bajo un cuadro y no debajo del cuadro. Su falta de suerte en la búsqueda de trabajo - incluso hay un momento en el que se traviste de mujer en una muestra de lo maravillosos que fueron los ochenta - hace que aconsejado por un amigo vaya a visitar un curandero (el Manosanta del título) para que le ayude con su mal fario. Allí descubren que el tipo no deja de ser un timador que les saca dinero a gente necesitada, pero Alberto, lejos de denunciarle, se le enciende la bombilla: Él será un Manosanta.

Que una película titulada El Manosanta está cargado empiece con una alegre cantinela que reza tal que así: "Hoy la negrita me-ha contado lo que sucede. El negro no puede (x2) Está cansado no le importan las mujeres. El negro no puede (x2) no puede dormir es un indicativo de por donde irán los tiros en esta comedia argentina hecha por y para el lucimiento del cómico Alberto "El Negro" Olmedo (A los cirujanos se le va la mano), quien aquí da un recital de gesticulación en la que se convertiría en una de sus últimas apariciones tras la cámara, dado que el buen hombre fallecería un año después a los 54 años de edad, dejando un legado de más de sesenta créditos como actor. Ahí es nada.

La cinta transcurre entre una sucesión de sketches más o menos hilados donde vemos al protagonista cagarla sin parar mientras el enredo se teje a su alrededor. Si bien el tipo es un buenazo que contrarresta su ineptitud con su "gran sentido del humor". Dicho humor consiste exclusivamente en el empleo rápido (y a gritos) del lenguaje y el uso de dobles sentidos - el momento Hi-Man, usando un pivote de luz a modo de espada y exclamando "¡Yo tengo el poder!" reconozco que es gracioso - pero algunas veces se antoja difícil de seguir por la penosa calidad de sonido que tiene la cinta, a parte, algunos de los chistes son más malos que pegar a un padre con un calcetín sudado. Sobra decir que como viene siendo norma en esta clase de películas abundan los chistes de homosexuales (o trolos) y las consabidas escenas picantonas - como es el recurrente gag de los jefes pichas bravas sobando a cualquier mujer que se les ponga a tiro mientras Olmedo pone cara de vicioso -, pero son unos momentos tan tontorrones y tan exagerados hasta el extremo que, vistos ahora pecan de inofensivos, aunque cabe decir que hay mucha actriz en ropa interior y alguna teta y algún culo sí se cuelan en pantalla. Nada que no se viese a lo largo de la época, pero resulta (terriblemente) curioso que hoy en día hacer humor a costa de estas situaciones sería algo impensable.

Dirige y guioniza Hugo Sofovich, quien pasó la mitad de su carrera dirigiendo capítulos de series que nunca saldrían de Argentina y la otra mitad en comedias similares a esta, hasta que en 1998 rodó la que fue su último crédito como director y guionista: La herencia del Tío Pepe.

Fue una de las últimas producciones de Argentina Sono Film S.A.C.I., compañía argentina de distribución que nació a principios de los años treinta y que parió ¡Tango! (Luis José Moglia Barth, 1933)  - el primer film con sonido óptico que se rodaba allí -, además de darle la oportunidad a diversos directores de argentinos del momento la oportunidad de realizar su ópera prima, incluso debutaría entre sus filas un joven director de fotografía llamado John Alton, quien años después, instalado ya en Hollywood Land, ganaría el Oscar por su trabajo en Un americano en París (Vincente Minnelli, 1955).

Entretenida.

Los del túnel (2016) de Pepón Montero



Cine de catástrofes en deconstrucción.

Antes de empezar quisiera decir algo: Los del túnel me ha gustado, película por la cual en un principio no daba ni un chavo, para mi sorpresa no sólo me ha gustado, sino que ha conseguido entretenerme mucho más que cualquier película de supuesta comedia aparecidas este mismo año.

Ganada ya vuestra simpatía, continuó.

Tras dos semanas del derrumbe de un túnel, los supervivientes son rescatados. Casi todos ellos parecen en un principio agradecidos por esta segunda oportunidad... y digo casi todos porque Toni (Arturo Vals), un übercuñado de manual, no parece del todo feliz ante la perspectiva de vivir nuevamente su monótona vida.

Vendida como la película que habla sobre lo que ocurre tras una película de catástrofes, Los del túnel nos plantea esa situación durante sus primeros minutos y durante su tercio final, centrando su grueso en expandirse más allá de los límites (lógicos, al fin y al cabo) que tienen este tipo de films, haciendo que frases, acciones y pensamientos en principio trascendentales, queden en el más absoluto ridículo si se es visto desde una perspectiva más de conjunto. Se agradece no obstante que Pepón Montero, el director en su primera incursión tras la cámara, haya evitado entrar en el tentador cliché de que cada personaje saca lo peor y lo mejor de cada uno, optando por un balance más equilibrado y que seguramente sorprenda a más de uno.

Todos los actores hacen un buen trabajo en la construcción de sus personajes, siendo estos meros roles extraidos del género de catástrofes, sólo que exagerados hasta la parodia. Incluso Raúl Cimas, a quien por norma general no trago ni de coña porque siempre veo su actuación forzada, aquí está bien porque esa actuación forzada le va como un guante a su papel de policía a quien la situación le quiere superar. Pero sin duda alguna es Arturo Vals quien logra ser el foco central del film, dentro de en un papel a ratos detestable, a ratos identificable pero en ambos casos te puedes identificar con él gracias a su actuación, y me sorprende escribir esto, de diez. Mejoró desde Rey Gitano (Juanma Bajo Ulloa, 2015) al parecer.

Todo queda rematado por un final perfecto, el cual sin desvelar mucho deja patas arriba todo final de cine de catástrofes habido y por haber, Los del túnel es una comedia que logra hacer gracia mediante un guión trabajado y en ningún momento sentir la necesidad de apoyarse en escatología o los chistes fáciles.

¡Ya era hora!

Que me ha gustado mucho, vamos.

Parada en el infierno - Stop over in hell (2017) de Víctor Matellano

Próxima parada: una bala en la cabeza.

Un grupo de forajidos que se dedican al robo y asesinato en el salvaje oeste, deciden dar el golpe de sus vidas atracando una diligencia cargada hasta los topes de monedas de oro. Para ello, toman una de las paradas donde hacen escala las diligencias, secuestrando a todo aquel que esté hospedado allí. Las torturas y vejaciones se sucederán haciendo que los pocos supervivientes tomen la decisión de contraatacar.

Western sucio y sangriento rodado en escenarios naturales (salvo algún set de interior), alejado del glamour habitual que una vez tuvo el género - allá por años 40, 50 y 60 - y curiosamente también alejado, en cierta medida, del spaguetti-western ya que salvo contados homenajes, a voz de pronto me viene Keoma (1976) no en vano de Enzo G. Castellari quien aquí interpreta un breve papel, estamos ante una película de suspense muy en la onda de Secuestrados (Miguel Ángel Vivas, 2011) y similares con personajes sacados de las novelas de a duro de la marca Estefanía. Ambientada en un salvaje oeste que bien podía aparecer en las páginas de Predicador - incluso uno de sus personajes principales se viste de manera similar al Santo de los Asesinos -, donde las balas no hieren a las personas, más bien les revientan las cabezas en un festival de sesos. Sólo hay que ver la escena inicial, donde El Coronel y su troupe asaltan salvajemente una diligencia, como una autentica declaración de intenciones, y ciertamente, es en esos momentos donde el film alcanza sus mejores momentos,  donde además se pueden admirar los admirables efectos prácticos del siempre esforzado Colin Arthur, quien ya trabajase junto a Matellano en su anterior film Vampyres (2015).

En el reparto parte de Pablo Escola como villano de la función, pasan por la pantalla sendos cameos ligados al género; el ya citado Castellari, Nadia De Santiago (Las chicas del cable), Conrado San Martín (Gritos en la noche), Antonio Mayans (Empusa), Ramón Langa o Guillermo Montesinos.

No marcara un hito, pero sin duda alguna Stop over in hell se ha convertido en uno de los films más divertidos, sangrientos y salidos de madre que podréis ver actualmente en cines.

Cartelicos: Leatherface (2017) de Alexandre Bustillo y Julien Maury

Negro del WhatsApp origins
Lo mejor: Los directores. 

Lo peor: Todavía resuena la hostia de La matanza de Texas: El origen (Jonathan Liebesman, 2006).

Lo que se espera de ella... una nueva visión del desde ya mítico "Cara de cuero" y de paso revitalizar una saga que, por desgracia, llevaba tiempo necesitada de algo así.